Cuento: tu mismo enemigo

Publicado: julio 29, 2011 en Cuentos

A Mario siempre le habían gustado las excursiones y los paseos largos, especialmente por la montaña. Descubrir caminos nuevos o volver a caminar por donde lo había hecho con anterioridad, cuando era un niño. Encontrarse con un camino que ya conocía y volver a recorrerlo le producía una sensación extraña y placentera, como si volviera a reencontrarse consigo mismo.

Esta vez no quiso tomar ningún camino que le llevara a subir la montaña, sino que prefirió perderse en el bosque que rodeaba la parte de atrás. Otras veces no quería recordarse a sí mismo, así que la alternativa era tomar un camino nuevo y perderse.

A cada lado del camino había una hilera de árboles, que parecía custodiarlo. Eran lo suficientemente frondosos como para que sus hojas cubrieran totalmente el cielo en algunas ocasiones, aunque la luz conseguía penetrar. De hecho, a Mario le daba la sensación de estar caminando dentro de un pasillo interior.

Llegó al final de su camino y encontró un pequeño barranco. No era muy alto, quizá con una caída de unos cinco metros. Se asomó con cuidado y observó abajo lo que parecía un túnel de alrededor de un metro de diámetro, que se adentraba en la tierra. Las paredes del túnel eran de piedra, aunque no parecía que nadie las hubiera puesto ahí para construirlo, sino más bien que el suelo en sí mismo era de piedra y por algún motivo se había formado ahí ese agujero.

Se fijó con más atención y se dio cuenta de que la entrada del túnel no comenzaba en el nivel del suelo, sino que la piedra formaba un montículo en cuya cima se abría el agujero que estaba mirando Mario. A los lados se abrían otras dos aberturas que sí estaban en contacto con el suelo. La de su izquierda tenía delante un bastantes piedras amontonadas, mientras que la de la derecha tenía muchas menos.

Curioso, Mario lanzó una piedra al agujero. No se esperaba lo que ocurrió, y es que la piedra entró en el agujero central y después de cada uno de los otros agujeros salió disparada una piedra exactamente igual a la que había lanzado. A Mario le pareció casi una ironía, porque podía saber cuál de las dos piedras era la que el había lanzado originalmente y cuál de las otras era simplemente un guijarro del mismo tamaño que se había desprendido del interior del túnel.

Se dio la vuelta, y buscó otra piedra. Cogió una algo más grande que la anterior, con los bordes irregulares y puntiagudos. La había elegido cuidadosamente, para evitar que volviese a ocurrir lo mismo. En realidad no tenía un gran interés en saber con qué abertura estaba comunicado el agujero, pero lo que había descubierto en ese nuevo camino en el cual se hallaba perdido le provocaba mucha curiosidad.

Arrojó la segunda piedra al agujero y de cada una de las dos aberturas salieron dos piedras iguales a la que había entrado.
No puede ser… – dijo Mario,  creyendo que la casualidad le estaba tomando el pelo.

Buscó una rama y unas cuantas hojas secas que había en el suelo. Metió las hojas entre los recovecos de la rama y se volvió a asomar al pequeño desnivel para tirarlo al agujero.
Pero resbaló y fue el quien cayó al interior del túnel.

Fue bastante rápido. Cayó, fue a parar directamente a la entrada del túnel, dio media vuelta sobre sí mismo y salió por una de las aberturas, quedando de espaldas al suelo, sobre el montón de piedras. Algo magullado, se levantó para ver en qué lado había caído y veo que estaba en el montón que había menos piedras.

Miró hacia el otro lado, y quedó paralizado a causa de lo que estaba viendo. En el otro lado, el del montón de piedras mayor, estaba alguien que tenía su mismo aspecto físico y sus mismas ropas, que se estaba levantando del suelo y frotándose los brazos a causa del golpe de la caída. Luego, le miró a el y también se quedó parado a causa de la sorpresa.

No había ninguna duda, el individuo que estaba viendo sobre el montón de piedras era él mismo.
Lo miró y pensó que quizá sería peligroso o que podría ser que le quisiera causar algún mal. Quizá lo mejor sería atacarlo. Sí, esa podría ser una buena defensa. Lo miraba y el individuo le miraba a el.

– ¿Qué estará pensando? – se preguntó Mario a sí mismo mientras observaba al individuo.

De pronto, un escalofrío recorrió su cuerpo. Se dio cuenta de que el mismo estaba quieto mirando al individuo pensando que quizá era una buena idea matarlo, porque no sabía cuales eran sus intenciones. Y comprendió que el individuo estaba pensando exactamente en lo mismo, en acabar con el, porque Mario podría ser una amenaza.

Mario sintió el impulso de salir corriendo de aquel lugar maldito, pero quizá el individuo haría lo mismo. Quiso hacer un algo para comprobar  si el individuo se comportaba exactamente igual que el, o tenía los mismos pensamientos. Con mucho cuidado y sin darse la vuelta retrocedió lentamente unos pasos y recogió una piedra de su montón. Cuando alzó la vista, vio que el individuo había hecho lo mismo.

No había ninguna duda, pensaban igual, se dijo Mario. Ambos se tiraron la piedra el uno al otro y la cogieron con la misma mano al mismo tiempo. Mario quiso volver a repetir su experimento. Se agachó para coger otra piedra. Miró al individuo, y vio que también tenía una piedra similar en la mano.

El individuo le lanzó la piedra suavemente. Mario la cogió con la mano, se la metió dentro del bolsillo junto con la que el individuo le había hecho llegar, pero no lanzó la suya, sino que salió huyendo.

– No somos exactamente iguales. No hacemos lo mismo – pensó mientras corría.

El individuo también había huido, presa del pánico.
Mario no fue capaz de volver por el mismo camino por el cual había llegado, pero atravesando el bosque consiguió llegar a la carretera del pueblo.

Su casa no estaba lejos de ahí, así que corrió en dirección a ella. A pesar del miedo que ya sentía, se aterrorizó con la idea de que seguramente el individuo estaría haciendo lo mismo que el, correr hacia su casa para esconderse ahí.

Pero siguió corriendo y llegó a su destino. Abrió la puerta y encendió las luces. No parecía que el individuo hubiese entrado. Cerró la puerta y guardó silencio. No parecía haber nadie en casa.

– ¿Hay alguien? – preguntó en voz alta. Nadie respondió.

Pensó que estaba solo. Por algún motivo, el individuo había decidido a hacer algo diferente a Mario. Cerró la puerta con varios pestillos y con bastante trabajo colocó una estantería repleta de libros delante de la puerta, para impedir el paso desde afuera.

Subió las escaleras hasta el piso de arriba, entró en su habitación y se dejó caer sobre la cama. Estaba muy cansado.

Se despertó a medianoche. Por un momento pensó que quizá todo había sido una pesadilla horrible, pero sabía que no era así, porque podía sentir aún el dolor que le había producido la caída dentro del túnel.

Encendió la luz de la mesilla que tenía junto a la cama y sin soltar el interruptor se dio cuenta de que su mano era un poco trasparente. Podía ser a través de ella. Se miró la otra mano, a la cual también le ocurría el mismo fenómeno. Se tocó el brazo y aunque no era etéreo, tampoco era absolutamente sólido.

Se acordó de las dos piedras que tenía en el bolsillo y con una sospecha aterradora, las miró. También se podía ver a través de una de las dos piedras y con cierto esfuerzo se la podía deformar y atravesar. La otra piedra, sin embargo, permanecía igual.

Recordó también las dos salidas del túnel. En cada una había un montón de piedras acumuladas, pero no eran del mismo tamaño. Uno de los montones era mucho más abundante que el otro.

Miró la palma de su mano, ahora aún más trasparente que antes y vio que la piedra trasparente había casi desaparecido mientras la otra seguía ahí. Por fin lo había entendido. Uno de los montones era más grande que el otro porque, pese a que las piedras salían por ambos extremos, por uno permanecían las que habían entrado y por el otro aparecían réplicas.

El no era más que una réplica del Mario. No era real. Y estaba desapareciendo. La piedra real que sostenía sobre la mano la terminó por atravesar y cayó al suelo.

Si el no era real, tampoco era real nada de lo que estaba percibiendo.
– Esta habitación que veo no es real, porque yo no soy real – dijo
– Estos libros, nunca los he leído. No hay tiempo que trascurra, no hay oscuridad en la noche, no hay estrellas.

Comenzó a llorar y luego desapareció definitivamente.

El verdadero Mario nunca pensó en regresar a casa.
– El piensa casi igual que yo. Quiero irme a mi casa y esconderme ahí, pero no es buena idea. El seguramente querrá hacer lo mismo. Lo mejor es esconderse en algún sitio que ni yo mismo conozca – razonó.

Había huido sin tener ningún sitio a donde ir, sintiéndose perseguido y amenazado de muerte por alguien que era igual que el.
Encontró una casa abandonada dentro del mismo bosque. Era muy oscura y eso le reconfortaba, porque sin luz, nadie podría verle.

Bajó hasta el sótano y encontró una puerta que llevaba a la entrada de un túnel subterráneo.
Se metió dentro del túnel oscuro y húmedo y llegó hasta el final.

Solamente había oscuridad. Nadie sabía donde estaba. Ni el mismo. No podía salir de ahí. Si lo hacía, el otro podía encontrarle y matarle. El haría lo mismo si lo viera.
Nunca saldría de ahí. Tenía demasiado miedo. Y no era seguro.

Cerró los ojos. El silencio era absoluto y solamente se veía interrumpido por su respiración cada vez más acelerada y el eco de los latidos de su corazón.

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