Cuento: no hay estrellas

Publicado: julio 27, 2011 en Cuentos

Como cada mañana, los animales que viven cerca del valle se acercan en silencio a la charca.

Una serpiente llega desde lo lejos, arrastrándose veloz. Seis gorriones revolotean en el cielo y finalmente se posar al borde de la orilla. Dos conejos también, dando saltos pequeños a base de golpear con fuerza sus patas traseras. También dos cabras, lobos, varios elefantes y más reptiles.

El aire es frío, aunque eso no parece importarle a ninguno de los animales ahí reunidos. El frío es parte de la normalidad, igual que el calor en verano, la luz en el día o la comunión con la Naturaleza. Costumbres y verdades que forman parte de su vida.

Una de las cabras es la hija de otra, de un tamaño algo mayor. Ambas beben tranquilas, muy cerca la una de la otra.

El valle está situado a una altitud lo suficientemente elevada para que el viento arrastre las nubes sobre sus cabezas rápidamente, provocando reflejos curiosos en la superficie del agua.

Uno de los elefantes se queja. Le duele. Cae al suelo y ya no se mueve, porque está muerto. Los demás animales se quedan paralizados y dejan de beber. Quizá el agua esté contaminada – piensa la serpiente, al tiempo que sale del agua y restriega su cuerpo contra la tierra.

La pareja de conejos yace ahora sin vida. Sus ojos vidriosos miran inmóviles cómo las nubes pasan por encima de sus cabezas.

Nadie hace nada. Los gorriones proponen irse cuanto antes, porque nunca había ocurrido algo así. Los demás simplemente están asustados, escuchando cómo el viento sacude las hojas de los árboles, como si de pronto un cazador invisible tuviera que hacer aparición.

De pronto, la oscuridad cayó sobre el valle, dejándolo completamente a oscuras.

– Tengo miedo – le dijo la pequeña cabra a su madre, asustada.

– No te preocupes. Cuánto más oscura es la noche, más brillan las estrellas – le respondió, mientras al acercaba a su cuerpo con el hocico.

La oscuridad era tanta que apenas podían verse los unos a los otros. Ya nadie podía huir a ninguna parte, porque los caminos se habían desdibujado con la ausencia de la luz.

El calor de su madre poco a poco se fue desvaneciendo, hasta convertirse en frío. Ya nunca más respondería a sus preguntas.

El viento cesó. También el sonido de la hojarasca. También la respiración de los demás animales.

Recordó las palabras de su madre y miró hacia el cielo ahora desnudo y vio las estrellas, cientos de ellas. Hasta que, poco a poco, también su luz de desvaneció para siempre en la nada.

Y dijo sus últimas palabras: “No hay estrellas”.

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